Caminos y cruces, sombras, luces y el traquetreo incesante del vehículo que me llevaría de vuelta a casa. Salía, equipaje en mano, de aquel oscuro hogar que me acogió durante los últimos dos años de mi existencia, por darle un nombre a tal condena.
Condenado a vagar por los confines de un mundo cruel y aterrador, oscuro y falto de sueños, ya muerto, podrido. Un mundo que me había vuelto como él. Que me había ahogado entre los rojizos tonos del vino y los azarosos reflejos del ron, me había separado de mi vida, de mi gente y de mi alma, si nunca la tuve. Y me tenía preso, aunque hubiera terminado ya aquello que alguien llamó mi «recuperación».
Monedas y billetes, copas, vasos y el recuerdo incesante de días y noches mejores, no por haberlos disfrutado, más por haberlos pasado inconsciente en alguna cama. Existiendo, sobreviviendo, en un mar anaranjado, con tonos violáceos y lágrimas resbalando alrededor.
Y yo, yo en un barco de papel que, sin remedio, llegará al borde de la copa, siempre medio vacía, desde donde debería partir a lo que otrora fue mi hogar. Pero que, ahora mismo, me pasea por el desierto más grande, sin emociones ni sensaciones, ni nadie que me vaya a recibir.
Llantos y sonrisas, abrazos, besos y caricias. La vuelta que siempre imaginé, el sueño que hizo más llevadera la estancia en aquel antro, no sería más que eso. “Hemos llegado”, diría Juan, el taxista. Seguiría, “¿Le ayudo con las maletas?”. No, no, ya lo bajo yo. Esté tranquilo. No creo que haya nadie esperándome.
Entradas o salidas, puertas, abiertas o cerradas, pero detrás, detrás nunca hay nada. Nada.
Aquest relat forma part del projecte Disparant històries. La Mercè Romero (Twitter / Flickr) ens proposa, de forma periòdica, una fotografia perquè en fem un relat breu, i la Isa Romero (Twitter / Blog) i jo el publiquem als nostres blogs. Podeu veure el relat de la Isa al seu bloc, Universos infinitos.
